Flandes: Nación sin Estado

Cualquier politólogo o sociólogo te puede explicar sin la menor hesitación la teoría del Estado-Nación; esto es, explicarla sin entrar en los detalles y la evolución del concepto que, a pesar de su representación uniforme en el tiempo, demuestra la complejidad de la relación entre Estado y Nación. Faltaría mencionar que existen diferentes formas y definiciones de Estado y Nación. No quiero entrar en un debate sobre definiciones o conceptos que gusta tanto a cualquier académico.

Guillermo O’Donnell ofrece dos definiciones modernas y aplicables. Define el estado como “un conjunto de instituciones y relaciones sociales (casi todas ellas sancionadas y respaldadas por el sistema legal de ese estado) que normalmente penetran y controlan la población y el territorio que ese conjunto delimita geográficamente” y la nación como “un arco de solidaridades, una construcción política e ideológica que postula la existencia de un “nosotros” históricamente constituido, que es usualmente interpretado como entrañando expectativas de lealtad que valen por encima y más allá de otras identidades e intereses.” Sin obstante, le invito a utilizar la definición que Vd. prefiere.

Hablamos de Bélgica, país en el centro de la unión europea. Un país con tres regiones (Flandes, Bruselas y Valonia) que tiene autonomía en materias específicas y tres comunidades (la comunidad neerlandesa, la comunidad francófona y la comunidad alemana) que son más bien las instituciones competentes en asuntos culturales y de educación. Todas las instituciones tienen su propio parlamento. En Bruselas se habla tanto el neerlandés como el francés, aunque la mayoría habla el francés. No obstante, en las afueras de Bruselas se habla el neerlandés, aunque durante las últimas décadas muchos francófonos fueron a vivir allí, en parte apoyado por unas políticas de afrancesamiento.

Después la reforma constitucional de 1993 se optó en Flandes para unificar tanto la región como la comunidad en un único parlamento y gobierno. Algo que no ocurrió en Valonia. Pero a pesar de la reforma de 1993, Bélgica queda un Estado que no ha logrado incorporar dos comunidades, dos grupos diferentes en una estructura de Estado adecuado. A pesar de las reformas, existe un desequilibrio histórico que se puede traducir en una omerta dentro del nucleo del Estado Belga. La omerta de ser flamenco. ¿Hablamos Historia?

La historia de Bélgica no es tan sencilla como la de una revuelta popular o una revolución apoyada por la mayoría de la población. La política de Guillermo I, entonces rey del Reino Unido de los Paises Bajos (esto es, los Países Bajos y Bélgica) era poco popular con la nobleza local; el idioma de la casa real holandesa era el neerlandés, el idioma de la nobleza (sobre todo) de Bruselas y el sur del país el francés. El neerlandés, como demostrarían los primeros años después de la independencia, sería quantité negligeable. Claro, otros factores como religión, la economía tuvieron una influencia en el proceso. Pero el argumento económico queda por convencer, ya que fue justamente Guillermo I que fundió el banco de inversiones más grande de lo que sería después Bélgica. La utopía de la independencia está en la elección del rey: un alemán nacionalizado Inglés; en otras palabras, una solución diplomática.

La relación entre el nuevo Estado belga y los flamencos, digamos Flandes, siempre ha sido una relación de odio y amor. Amor porque durante los primeros años de la independencia el nuevo reino querría distinguirse de su poderoso vecino: Francia. Esto lo hicieron subrayar que el otro idioma en Bélgica era el neerlandés. Sin obstante este amor por el otro idioma tenía sus límites: durante la primera guerra mundial los soldados no entendieron a sus oficiales. Oficiales que sólo hablaron el francés. La lucha por reconocimiento empieza con la primera guerra mundial cuando el rey promete a los flamencos un reconocimiento por su idioma y cultura cuando participan en las batallas. Los flamencos lucharon, el rey nunca cumplió su palabra. En 1932 se llega a debatir el bilingüismo en todo el país pero fue rechazado con un non rotundo por los gobernantes francófonos de entonces.

El movimiento flamenco que se manifestó por la primera vez durante la década de 1860 se convierte después la primera guerra mundial en un movimiento con carácter nacionalista. Pero lejos de ser extremistas, exigen un reconocimiento por la cultura y el idioma. Con la segunda guerra mundial colaboraron varios grupos flamencos con los alemanes durante la ocupación, en parte porque los alemanes prometieron a los flamencos un reconocimiento de su cultura e idioma. Pero no sólo los flamencos colaboraron, también lo hicieron valones, o belgas. El colaborador más exitoso ha sido Léon Degrelle, Valón y presidente del partido fascista REX, que se convirtió durante la ocupación en jefe del contingente Valonia de los Waffen SS.

No obstante, en el pasado ser flamenco ha sido denominado como ser extremista, derechista y separatista. Un peligro para el orden establecido y un crimen contra la sociedad. Así encarcelaron bajo falsos argumentos, según va la historia, un antiguo vecino por tener una bandera flamenca (ya sabes, el león negro bajo rodeado por un amarillo agudo) en su propio jardín. Hablamos de los años sesenta.

Un argumento utilizado por la elite belga es que el flamenco es una invención. Pero siguiendo este razonamiento el francés –no quiero decir el belga– también sería una invención, considerando que el concepto de nación, nacionalidad y nacionalismo se establecieron en el continente europeo con la implementación del concepto Estado-Nación en el siglo XVII-XVIII. Antes se habló más bien de sistemas feudales donde cada soberano luchó para el consentimiento del rey todo poderoso.

Bélgica no es como Suiza, ya que no todos compartimos todos los idiomas del país. La nacionalidad belga es, a pesar de todo las investigaciones que pueden decir lo contrario, artificial. Lo demuestra la organización de las instituciones flamencas frente a los federales o valones, la cultura, idioma y un concepto más o menos compartido de lo que es una nación, un pueblo. Un estudio recién publicado por un periódico holandés desveló que más que 80% de los holandeses están a favor de la unificación de Flandes y Holanda. Los flamencos no lo ven tan claro, en parte porque durante muchos años la propaganda oficial actuó contra Holanda. Pero también esto está cambiando, y muy rápido.

Con este texto no reivindico la independencia de Flandes, ni una anexión con los Países Bajos. Sólo espero que cualquier ciudadano sepa que la mayoría (unos 60%) habla el neerlandés. Espero también que la presentación de mi país, que al fin y al cabo es Bélgica, ocurra de manera correcta. Hasta hoy jóvenes en Valonia son educados con la imagen de un flamenco cruel que reivindicando sus derechos es nada más que un extremista y fascista. Ellos creen que el non de los valones que ahora bloquea un nuevo gobierno es lo justo, la única opción. Mis primos no me entienden. Mis primos, que viven a unos kilómetros de la frontera lingüística, no hablan neerlandés.

El rey en Bélgica no es el Rey de Bélgica, pero es el rey de los belgas. Durante su historia siempre ha tenido un amor profundo por lo francés. Sin sorpresas cualquier belga te afirmará que el único idioma dentro de la familia real es el francés. El neerlandés que hablan demuestra un desinterés profundo por la mayoría de sus súbditos. No es por nada que existe en Flandes un dicho: “Si llueve en París, llovizna en Bruselas”.